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Se sabe que no hay que buscarle explicación a lo inexplicable, y aunque pensadores, estudiosos y eruditos de generaciones posteriores atribuyeron el fenómeno de la invasión a factores diversos y disímiles como las altas y anormales temperaturas, la mortandad en masa de peces del río cercano por la sequía, las brisas tropicales y hasta a una fallida partida de pesticidas que actuó de manera contraria, los pobladores de Punta Azul que presenciaron y padecieron aquel fin de semana aseguraron por siempre que habían tenido la gran desgracia de haber sido visitados por el Demonio de las Moscas.
Como todo suceso anormal, comenzó en un día anormal. Nunca antes en el pequeño y monótono pueblo de las afueras el termómetro había pisado más allá de los 45° como aquel día de Febrero, y el atroz e irrespirable aire caliente había paralizado al páramo ya generalmente calmo al punto de convertirlo en un pueblo fantasma. Ni siquiera los merodeadores perros famélicos que saqueaban la basura de los vecinos en la siesta, después de aquella mañana agobiante, se habían atrevido a asomar los hocicos. Parecía que cualquier cosa que quedara bajo los rayos de ese ahora peligroso sol estival perecería calcinada.
Y en medio de ese paisaje de desolación, donde eventualmente se oía la voz distante de una radio arriesgando un pronóstico desalentador, apareció él. Era un hombre alto y flaco, tanto que parecía estar secándose por dentro. Vestía unos harapos mugrientos y oscuros que parecían ser aún más calurosos. Su barba descuidada y su morral igualmente mugrientos le dieron mala espina a todos aquellos que lo vieron llegar sin saber cómo ni de dónde. No parecía sufrir el calor como el resto de los parroquianos, pero tras llegar caminando bajo el infierno solar del que era presa el pueblo, se dirigió directamente al viejo bar de don Federico Améndola; única institución social que por aquellos días se encontraba más o menos activa.
Cinco o seis parroquianos que hacía rato buscaron refugio bajo los antiguos ventiladores de chapa del bar, más el propio don Federico, radiografiaron de arriba abajo al recién llegado con la censuradora mirada del local que atrapa in fraganti a un extranjero.
En vos baja, pero no lo suficiente, se barajaron hipótesis como la de que se trataba de un convicto escapado, un asesino serial buscando víctimas y la de un vago común y corriente sin intenciones de trabajar que sólo quería "garronear" algo para comer gratis. Esta última teoría fue la que al final, unánimemente, resultó la elegida por los inquisitivos bebedores de vino barato con hielo.
- No hay. - Fue la poco amable respuesta que se le dio al hombre que educadamente pidió un vaso con agua.
- No hay - volvieron a decir ahora los seis amenazadoramente cuando el hombre preguntó si no estaba seguro, ya que el calor de afuera le estaba haciendo daño.
Sin decir nada más, y ante la sonrisa sobradora de sus no muy buenos samaritanos, el desconocido los observó por un instante y luego se retiró, para nunca más volver a ser visto.
Lo que sí se sabe con seguridad es que ni bien cruzó la puerta, las moscas comenzaron a llegar. Primero fueron una o dos que entraron por la puerta abierta de par en par por el calor; luego fueron cinco o seis que se colaron por las ventanas. Eran grandes y chicas, algunas grises, otras negras y otras que destellaban tonalidades verdosas según como les diera la luz; pero todas eran igual de molestas.
Don Federico intentaba matarlas con el trapo rejilla ya que con desfachatez, los bichos se posaban sobre las mesas y sobre su grasiento mostrador, pero pronto eso no fue suficiente. En unos minutos las moscas zumbaban en todo el local, ya algunas girando en círculos caprichosos, ya algunas cruzando la estancia de lado a lado como balas oscuras y aladas.
Asombrados, los hombres supusieron que cuando el cantinero encontró la máquina de echar flit, cayeron al menos unas cien moscas muertas sólo sobre las mesas, pero otras siguieron entrando interminables para reemplazarlas. A pesar de que hicieron todo lo posible para matarlas con todo lo que tenían a mano - incluso con ellas mismas - pronto se vieron obligados a abandonar sus asientos y caminar mirando anonadados a la pululante nube de insectos que había ocupado todo aquel lugar que antes les había pertenecido.
Provocadoramente, las moscas zumbaban alrededor de sus cabezas, acercándose aún más a las zonas de la boca y la nariz a pesar de que eran espantadas sin cesar. Ninguna parecía captar el mensaje de que no eran bienvenidas y siempre volvían, una tras otra, tras otra vez.
Malhumorado, don Federico le dijo a sus clientes que sería mejor que se retiraran, y malhumorados también éstos así lo hicieron, para sin poder dar crédito a lo que veían, comprobar con horror que afuera el panorama no estaba muy distinto.
Una sola y gigantesca masa negra, formada por toda clase y especie de moscas, cubría a Punta Azul por completo.
Igual que en el interior del bodegón, aquella plaga bíblica había caído sobre todo el pueblo como el azote de un dios colérico. Algunos de los perros del lugar se entretuvieron durante un tiempo atrapándolas en el aire, pero al poco rato las moscas eran tantas que muchos de ellos corrieron a esconderse nuevamente, o incluso huyeron a campo abierto.
Nadie pudo continuar con su vida cotidiana. En una hora toda la provisión de insecticida que había en Punta Azul desapareció, y si bien las visitantes cayeron por miles, otras las reemplazaron al momento. Desesperadas, las madres cubrieron las cunas de sus bebés con tules y gasas que negreaban de moscas que buscaban con fruición una hendija por la cual escabullirse; toda la comida que no fue guardada a tiempo quedó infectada por los huevos de aquella pesadilla inconcebible, y todo el mundo - tanto el rico como el pobre - estuvo al poco rato ocupando el tiempo sólo en tratar de evitar que las moscas les entraran por la boca, por la nariz, lo oídos o cualquier otro orificio ya que algunas, aparentemente de una especie desconocida en esta parte del mundo, parecían particularmente interesadas en hacerlo quién sabe para qué.
La cena fue suspendida ese atardecer porque era imposible intentar comer en medio de la nube de moscas. A pesar de que se cerró toda abertura posible, el interior de todas las casas fue asaltado igual. Aquellos seres infernales parecían brotar de las paredes, sobre las que caminaban oscureciéndolas como sombras pululantes, y no faltó quien aquella tarde haya pensado seriamente en pegarse un tiro para esquivar aquella tortura dantesca.
Al anochecer, las moscas - como todas las moscas - desaparecieron.
Los parroquianos del pueblo invadido aprovecharon aquella tregua para tratar de descansar, tras barrer del interior de sus casas montañas de los insectos que habían logrado matar. El doctor Tomás Conlon advirtió que aquel semejante amontonamiento de cadáveres, que eran pequeños pero en una cantidad jamás antes vista, atraería a otras moscas; pero aliviados por la brisa fresca de la noche rural, nadie lo oyó.
Los primeros rayos del sol del otro día, que cortaron la niebla fría de la madrugada como los sables de fuego que esgrimen los arcángeles, descubrieron a las primeras moscas. Saliendo en enjambres de sus escondites bajo las hojas de los árboles y de entre cualquier resquicio que pudo haberlas cobijado durante la noche, comenzaron el segundo día de invasión.
Para desesperación de todos, y a pesar del calor atroz de aquel verano excepcional, hubo que volver a cerrar herméticamente todas las casas. Aquellas moscas que habían logrado esconderse bajo los muebles, tras las cortinas y los cuadros, en los entretechos y hasta en el interior de las lámparas apagadas, otra vez tomaron posesión de los interiores. El desayuno tuvo que ser suspendido también, y ni siquiera las madres pudieron amamantar a sus bebés porque los diminutos monstruos aquellos caminaban sobre su seno, sobre sus rostros y sobre los de sus hijos.
Más movido por el desasosiego que por el ingenio, don Francisco Ieraci, acosado por vastos ejércitos de moscas acarreó toda la provisión de leña que tenía para el invierno hasta el medio de la calle, y ahí mismo le prendió fuego. El humo, que provocaba tos, sofocación, calor y ardor en los ojos, era mil veces preferible a las moscas. Otros vecinos se acercaron con madera, muebles viejos y hasta fardos de alfalfa para colaborar con la pira y así poder arrimar una silla como si estuvieran en el más crudo de los inviernos boreales.
El fuego duró hasta el anochecer y el humo continuó ahuyentando a las moscas hasta el otro mediodía, pero ya no quedaba nada más para quemar a la tercera tarde. Las moscas volvieron en mayor cantidad que nunca.
Muchas familias abandonaron Punta Azul ese lunes, y más tarde dijeron que las nubes de insectos pululaban (o tal vez los seguían a ellos) en varios kilómetros a la redonda.
El agotamiento, el hambre y el estrés habían hecho estragos entre los que no tenían a dónde ir. Algunos de los primeros que perdieron la razón incendiaron directamente sus casas. Tres se suicidaron a balazos y uno se ahorcó con su propio lazo de menear al caballo. Cientos de animales, domésticos y de cría, murieron agusanados, al igual que todos los árboles frutales del pueblo y sus alrededores. Nadie quedó del todo bien con sus nervios desde entonces.
Defensa Civil llegó por la noche. Trajeron tanto DDT que hasta contaminaron las napas de agua, pero eso no le importó a nadie. Muchos vecinos continuaron abandonando el pueblo que había quedado casi en ruinas aún después de combatida la plaga, y los que quedaron luego tuvieron que vérselas con la superpoblación de sapos come moscas que pronto infestó arroyos, lagos y lagunas; pero esa ya es otra historia que merece ser contada con mayor tiempo, detalle y dedicación en otra oportunidad.
Fecha: 05.11.2009 - Autor: Claudio Centurión

11.11.2009 - Fabián Ramón Gallego
Me gustó mucho; muy buenos, tanto la idea como la calidad de relato..
12.05.2010 - Luis Guillermo
Muy chevere la historia, me gustaria leer la continuación.
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